LA LUNA (2ª Parte)
(Parte II)
Y comenzó a hablar...
CONTINUARÁ...
CONTINUARÁ...
“Esto que os voy a contar sucedió hace mucho, mucho tiempo, en un lugar muy lejos de aquí.
Es la historia de un hombre que estaba enamorado de la luna.
Pero aquel hombre no era feliz. Y no lo era porque no tenía lo que más deseaba.
Su vida era gris. Sus días eran monótonos, siempre de casa al trabajo y del trabajo a casa, sin hablar con nadie, sin una sonrisa en su cara.
Se pasaba el día inquieto, esperando que llegase la noche, y cuando por fin llegaba, no era capaz de dormir porque estaba deseando verla. ¡Ah!, cuanto ansiaba ver su brillo... Pero intentaba resistirse, como si tuviese miedo. Quizás era por si llegaba el día en que ella no estuviese en el cielo para él.
No importa. Lo cierto es que se acostaba sobre la cama, desnudo y sudoroso, y en aquel momento comenzaba su tortura. Sentía la necesidad de levantarse y salir. Pero cada noche era más difícil para él. Tantas y tantas noches sin apenas dormir, en compañía de la luna, iban acumulando el cansancio en su cuerpo. Pero cada día vencía ese cansancio y tarde o temprano acababa poniéndose la ropa y saliendo por la puerta para acudir a aquella llamada que sentía en su cabeza y en su corazón.
Y así pasó mucho tiempo, con días grises y noches de esperanza en las que declaraba sin cesar su amor a la luna.
Pero llegó una noche en la que algo parecía diferente. Aquel día llegó un poco más temprano a casa, y durante el tiempo que pasó hasta que se puso el sol, tuvo una extraña sensación, como si algo fuese a ocurrir.
Como todas las noches, se acostó en la cama, y como siempre, sintió la necesidad de salir. Con la respiración entrecortada se levantó y se vistió despacio, con calma, con la serenidad intranquila de cuando te preparas para algo que sabes que va a pasar. Hacía las cosas con parsimonia. Se puso los pantalones, una camiseta y se abotonó la camisa. Se calzó los zapatos y cogió las llaves dispuesto a salir, deseando ver de nuevo a su amada. Y así, atravesó la puerta.
Era otoño y cuando salió a la calle y sintió el viento frío de la noche sobre su cara no pudo evitar que una lágrima resbalase por su mejilla. Levantó los ojos y allí, en el cielo, en su morada oscura, ella lo miraba. Y él le sonrió. Sólo ella era capaz de arrancar una sonrisa de sus labios. Ella hacía desaparecer todas las penas del día, todas las penas de su vida. Y aquella noche su blanco resplandor llegaba a sus ojos una vez más, como había hecho durante tantas y tantas noches desde hacía tanto tiempo.
La luna, su amada, siempre presente y siempre inalcanzable, contemplaba el mundo rodeada por un manto estrellado.
El podía ver en su blanca superficie toda la belleza que envolvía al mundo, el mar azul y calmo, extendiéndose más allá del horizonte, el color del cielo crepuscular en una cálida tarde estival o el brillo de los ojos dulces y contentos de una niña en la flor de la vida.
Porque a pesar de que él era un hombre solitario, introvertido, cerrado en sí mismo, la luna conseguía sacar lo más puro de su interior, aquellos sentimientos que el mantenía escondidos, ocultos de miradas que los pudiesen descubrir y destruir. Eso hacía que no tuviese amigos, casi ni siquiera conocidos. Pero él nunca había tenido necesidad de nada más, o eso era lo que le gustaba pensar.
¡Ah!, pero aquella noche era diferente. Todo era distinto. El aire, el brillo de la luna, él mismo. Todo.
Echó a andar sin destino. Un paso tras otro, con la cabeza baja. El suelo mojado resonaba bajo sus pies, produciendo un sonido que se extendía a través de la ciudad, por las calles desiertas y tristes.
Caminó durante horas, sin abrir la boca ni por un momento. Y eso no era algo normal. Acostumbraba a hablarle a ella de sus cosas, de lo que le había pasado durante el día, y eso le ayudaba a vencer la angustia que lo invadía cuando no la veía.
Pero aquella sensación de que algo iba a pasar seguía en su pecho. Cerró los ojos durante un breve instante y vio el mar, sereno, con la luz de la luna brillando sobre su superficie, y sintió ganas de tumbarse en la playa y de andar por las rocas escuchando el ruido de las olas rompiendo contra ellas. Así que dio media vuelta y fue a coger el coche. Necesitaba ver el mar, salir de la ciudad, alejar de sí aquella sensación que lo quemaba por dentro.
Encendió el motor y se dirigió hacia una playa que conocía desde pequeño, y en la que no había estado desde hacía mucho tiempo. La noche ya estaba avanzada y ningún coche recorría la carretera solitaria. Era como viajar a través de un desierto. Dentro del coche perdió la noción del tiempo, y cuando se dio cuenta ya estaba llegando a aquel lugar.
Salió del automóvil, mientras la luna seguía brillando en el cielo, rodeada de nubes y estrellas. Bajó a la playa y se descalzó. Sintió la arena fría en sus pies como un bálsamo que suavizó el calor que sentía en su pecho. Y paseó por la playa. Se acercó a la orilla del mar, dejando que el agua mojase sus pies, aspirando su aroma salado, sintiéndose bien. Dirigió sus pasos hacia las rocas que se recortaban contra la oscuridad en el fondo de la playa. Levantó los ojos para ver la luna que seguía allí arriba, imperturbable, radiante.
Subió por las piedras, con sus pasos iluminados por ella. Y en el mismo instante en que se asomaba por encima de una de aquellas rocas, la luna desapareció tras una nube y vio una figura sentada al borde del mar. Y el permaneció allí, mirando pensativo hacia aquella figura, incapaz de moverse. Así estuvo un buen rato, hasta que la figura giró la cabeza hacia él. Y en el momento en que comenzó a andar hacia ella, las nubes se apartaron, y pudo ver que la luna ya no estaba en el cielo.
Y una sensación extraña recorrió su cuerpo...”.
El viejo hizo un alto en su historia. Levantó los ojos, observó la luna, y respiró profundamente.
Luego, continuó...
“Pero a pesar de eso, él siguió acercándose a la figura y pudo comprobar que lo que le pasó por la mente cuando la había visto era cierto: pertenecía a una mujer.
Al llegar a su altura, la saludó con un movimiento de cabeza. Ella le miró y él pudo ver en sus ojos que le daba la bienvenida.
Aquellos ojos brillaban con una luz especial. Su color era... gris, y verde, y marrón. Cambiaban su tonalidad de manera que él no era consciente de ese cambio, pero al mismo tiempo hacía que no pudiese apartar sus ojos de los de ella.
Fue ella la que apartó los suyos. Y cuando lo hizo, él pudo observarla con claridad.
Su cara era blanca, muy blanca, casi como el rostro de la muerte, y era redonda, con una nariz pequeña y unos labios rojos, como si la sangre los tiñese eternamente. Además su pelo corto hacía que nada pudiese ocultar la belleza mortal de aquel rostro que le atraía extrañas sensaciones. Le venían a la mente cosas terribles, mas la dulzura que desprendía aquella cara ocultaba tales pensamientos. ¡Ay!, aquel sería el rostro que recordaría para siempre. Muchos años después sería capaz de dibujarlo con los ojos cerrados.
Aquella mujer permanecía allí sentada en la roca, con su vestido gris revoloteando bajo la brisa marina, mientras gotas de agua salada salpicaban su cuerpo.
El se sentó a su lado, sin decir nada.
De hecho, fue ella la primera en hablar.
-Que hermoso es el mar. Nunca antes había estado tan cerca - dijo.
La voz dulce de la mujer penetró en sus oídos con suavidad, como acariciándolos.
Y él giró la cabeza para mirarla.
-¿Es la primera vez que lo ves? - preguntó sin saber por qué.
-No, no. Lo veo todos los días. Pero nunca había sentido el agua sobre mi. Es una sensación tan bonita... Me gustaría pasar toda la vida en el mar - respondió ella.
-Sí, es precioso. Y es enorme. Como el cielo. A veces cuando los miro, me doy cuenta de lo pequeños que somos. Nada más que un diminuto punto en el infinito - dijo él.
-Tienes razón. Si pudiésemos saber qué hacemos aquí...
Y así siguieron hablando durante algún tiempo. Hablaron de esas y de otras cosas. Del amor, de la belleza, del destino, de la vida.
Pero de repente, a él le pasó una idea por la cabeza, y dijo sin pararse a pensar:
-¿Por qué no te bañas? No hace demasiado frío, y bañarse en la playa bajo la luna es una de las cosas más hermosas que puedes hacer. Te lo digo por experiencia.
Casi en seguida se arrepintió de sus palabras, y estaba a punto de disculparse cuando habló la mujer.
-Puede que tengas razón. Pero sólo lo haré si tu también lo haces. Me sentiría ridícula si te quedases ahí mirando para mí.
¿Cómo podía negarse? Aquella voz y aquellos ojos serían capaces de hacerle ir al infierno y volver con su fuego sólo por encender una hoguera. Asintió, y los dos juntos caminaron hasta la playa. Se acercaron a la orilla del mar que seguía tranquilo, y se desnudaron.
El la miró y supo que era especial, que no había otra como ella en todo el universo. Era tan dulce, tan delicada, tan natural. Parecía como si en su corazón no hubiese lugar para la oscuridad. Hacía todo con tanta sinceridad que lo asombraba.
El fue el primero en entrar en el agua que estaba fría. Pero en aquel momento no le importó lo más mínimo. Miró hacia ella y le hizo una seña con la mano.
-Ven, entra. Ya verás que maravilla - le gritó.
Y ella entró despacio, con su rostro reflejando su disfrute con cada paso que daba, con cada centímetro de su piel que sentía las caricias del agua.
Y así estuvieron en el agua, jugando, disfrutando el uno del otro durante un largo espacio de tiempo que a él le pareció demasiado corto. Pero al fin dijo:
-Deberíamos salir. Puede cogernos el frío.
Ella asintió.
-De acuerdo. Creo que esto es algo que no olvidaré nunca.
Salieron del agua, y el comentó que tenía una manta en el coche y que no deberían ponerse la ropa mojados como estaban. Así que fue corriendo a buscarla, mientras ella esperaba sentada en la arena mirando fijamente el mar.
El volvió rápidamente y le puso la manta por encima.
-Gracias. Pero siéntate aquí, a mi lado - dijo ella con voz dulce.
Y puso la mano en la arena.
El se sentó, y ella le pasó la manta por los hombros y se acurrucó junto a él. Y así, envueltos en la manta se tumbaron en la arena. El la miró y se sumergió en sus ojos, en aquellos ojos profundos y embriagadores que lo hechizaban. La besó en los labios y ella lo abrazó. Sus cuerpos rodaron sobre la arena fría de la playa, y sin importarles nada ni nadie hicieron el amor. Fundieron sus cuerpos en uno, y viajaron a través de un mundo compartido en el que eran una sola alma. Después, aún envueltos en la manta, ella apoyó la cabeza sobre su pecho. El cerró los ojos y habló, con voz suave y tierna, y sus palabras salían directamente de su corazón.
-Creo que me estoy enamorando. Pensé que ya lo estaba de alguien pero ahora no estoy seguro. Lo que siento por ti es... tan especial. Sí, ya sé que suena tópico, pero es cierto. En tus ojos veo el mundo. No éste, sino aquel en el que me gustaría vivir. Porque veo belleza y sinceridad, y dulzura. Tú eres el amor eterno, la estrella más brillante del cielo. Y ahora que estoy junto a ti, sé que la felicidad existe. Existe y eres tú.
La mujer le acarició la cara.
-Gracias. Sé que es difícil decir eso. Pero recuerda una cosa. Siempre, pase lo que pase, tendrás recuerdos. Y eso sí es importante. Recuerda. Y ahora cierra los ojos y duerme un poco, porque yo siempre estaré aquí.
Y él cayó en un profundo sueño. Y por primera vez en mucho tiempo, descansó.
Fueron el ruido del mar y el sonido de las gaviotas los que le hicieron despertar a la mañana siguiente. Abrió los ojos y vio el sol en un cielo limpio de nubes, y buscó a la mujer. Pero no estaba por ninguna parte. No sabía ni como se llamaba, ni donde vivía. ¿Cómo volvería a verla? En ese mismo instante recordó algo que había dicho ella, que estaría siempre allí. Decidió marcharse y volver por la noche para encontrarla de nuevo, o eso esperaba.
Así que cogió el coche y volvió a la ciudad.
Pasó el día haciendo lo mismo de siempre, pero algo había cambiado dentro de él. Hablaba con la gente, sonreía. A más de uno le extrañó aquel comportamiento pero a él no le importaba. Era feliz.
Cuando por fin llegó la noche, la luna brillaba de nuevo en el cielo, y él salió de casa, dispuesto a encontrarse con aquella mujer. Condujo rápido, deseoso de llegar cuanto antes a la playa. Y cuando por fin llegó, su corazón latía con fuerza. Rezaba para que ella estuviese allí. Pensaba que no sería capaz de soportar no volver a verla.
Se dirigió al lugar donde se habían encontrado la noche anterior. La luna lo seguía. Y cuando por fin llegó a aquel lugar, nada. No había nadie, y la luna seguía brillando en el cielo. Se sentó allí a esperar. Una hora, dos horas, sus esperanzas iban desvaneciéndose poco a poco.
Levantó los ojos hacia la luna, la que había sido su amada y lloró. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, mientras pensaba en aquella mujer que en un instante había sido capaz de conquistar su corazón y llevarse su alma.
La luna se reflejaba en el mar y cuando bajó la vista, con las lágrimas todavía recorriendo su cara, vio a través de ellas aquel reflejo. Pero lo que vio en realidad no fue la luna, sino el rostro de aquella mujer, que le decía adiós y hola al mismo tiempo.
Y aquellos ojos que lo envolvían todo.
Y comprendió. Comprendió que su sueño más preciado, su ansia más querida, se había hecho realidad. Su amada había estado junto a él por una noche. El había compartido la noche con la luna. Y eso fue algo que no olvidó nunca.
Porque supo que había conocido el amor.
Un amor profundo y sincero. El verdadero amor que lo da todo y no pide nada a cambio. Y ese amor fugaz le hizo conocer la felicidad. Y ya nunca volvió a sentir la pesadumbre de la tristeza o del dolor, ni nunca más estuvo solo. Porque aunque la felicidad sólo dura un instante, su recuerdo dura toda la vida, y el amor perdura más allá de la vida y de la muerte”.
Nuala y Oonagh estaban sentadas en el regazo del viejo, con lágrimas cayendo por sus pequeñas mejillas rosadas.
-Nunca habíamos escuchado una historia tan triste y tan bonita. Me gustaría conocer a aquel hombre, Nuala.
Pero Nuala no era capaz de hablar. Miraba al viejo a los ojos y en su corazón sentía toda la pena y toda la felicidad de aquel hombre. Y no era fácil de aguantar. Cuando por fin pudo articular las palabras dijo:
-Eras tú, ¿verdad?
-Lees muy bien en los ojos de la gente, mi pequeña Nuala. Sí, era yo.
Oonagh se aferró al cuello del viejo, mientras Nuala flotaba hasta ponerse a la altura de sus labios, para darle un pequeño beso, pero que llevaba consigo más amor del que la mayoría de los hombres llega a conocer. Y con la luna ya alta en el horizonte, Nuala y Oonagh invitaron al viejo a ir con ellas a un lugar donde sus recuerdos vivirían para siempre.
Y Naoise, el viejo sin nombre, se fue con ellas. Y el recuerdo del hombre que amó a la luna permanecerá mientras haya hadas para contar su historia.
Y mientras haya hombres con el corazón abierto, las hadas seguirán estando entre nosotros, y seguramente cada hombre encontrará a su propia luna.
Slán agat, mo chairdre
Es la historia de un hombre que estaba enamorado de la luna.
Pero aquel hombre no era feliz. Y no lo era porque no tenía lo que más deseaba.
Su vida era gris. Sus días eran monótonos, siempre de casa al trabajo y del trabajo a casa, sin hablar con nadie, sin una sonrisa en su cara.
Se pasaba el día inquieto, esperando que llegase la noche, y cuando por fin llegaba, no era capaz de dormir porque estaba deseando verla. ¡Ah!, cuanto ansiaba ver su brillo... Pero intentaba resistirse, como si tuviese miedo. Quizás era por si llegaba el día en que ella no estuviese en el cielo para él.
No importa. Lo cierto es que se acostaba sobre la cama, desnudo y sudoroso, y en aquel momento comenzaba su tortura. Sentía la necesidad de levantarse y salir. Pero cada noche era más difícil para él. Tantas y tantas noches sin apenas dormir, en compañía de la luna, iban acumulando el cansancio en su cuerpo. Pero cada día vencía ese cansancio y tarde o temprano acababa poniéndose la ropa y saliendo por la puerta para acudir a aquella llamada que sentía en su cabeza y en su corazón.
Y así pasó mucho tiempo, con días grises y noches de esperanza en las que declaraba sin cesar su amor a la luna.
Pero llegó una noche en la que algo parecía diferente. Aquel día llegó un poco más temprano a casa, y durante el tiempo que pasó hasta que se puso el sol, tuvo una extraña sensación, como si algo fuese a ocurrir.
Como todas las noches, se acostó en la cama, y como siempre, sintió la necesidad de salir. Con la respiración entrecortada se levantó y se vistió despacio, con calma, con la serenidad intranquila de cuando te preparas para algo que sabes que va a pasar. Hacía las cosas con parsimonia. Se puso los pantalones, una camiseta y se abotonó la camisa. Se calzó los zapatos y cogió las llaves dispuesto a salir, deseando ver de nuevo a su amada. Y así, atravesó la puerta.
Era otoño y cuando salió a la calle y sintió el viento frío de la noche sobre su cara no pudo evitar que una lágrima resbalase por su mejilla. Levantó los ojos y allí, en el cielo, en su morada oscura, ella lo miraba. Y él le sonrió. Sólo ella era capaz de arrancar una sonrisa de sus labios. Ella hacía desaparecer todas las penas del día, todas las penas de su vida. Y aquella noche su blanco resplandor llegaba a sus ojos una vez más, como había hecho durante tantas y tantas noches desde hacía tanto tiempo.
La luna, su amada, siempre presente y siempre inalcanzable, contemplaba el mundo rodeada por un manto estrellado.
El podía ver en su blanca superficie toda la belleza que envolvía al mundo, el mar azul y calmo, extendiéndose más allá del horizonte, el color del cielo crepuscular en una cálida tarde estival o el brillo de los ojos dulces y contentos de una niña en la flor de la vida.
Porque a pesar de que él era un hombre solitario, introvertido, cerrado en sí mismo, la luna conseguía sacar lo más puro de su interior, aquellos sentimientos que el mantenía escondidos, ocultos de miradas que los pudiesen descubrir y destruir. Eso hacía que no tuviese amigos, casi ni siquiera conocidos. Pero él nunca había tenido necesidad de nada más, o eso era lo que le gustaba pensar.
¡Ah!, pero aquella noche era diferente. Todo era distinto. El aire, el brillo de la luna, él mismo. Todo.
Echó a andar sin destino. Un paso tras otro, con la cabeza baja. El suelo mojado resonaba bajo sus pies, produciendo un sonido que se extendía a través de la ciudad, por las calles desiertas y tristes.
Caminó durante horas, sin abrir la boca ni por un momento. Y eso no era algo normal. Acostumbraba a hablarle a ella de sus cosas, de lo que le había pasado durante el día, y eso le ayudaba a vencer la angustia que lo invadía cuando no la veía.
Pero aquella sensación de que algo iba a pasar seguía en su pecho. Cerró los ojos durante un breve instante y vio el mar, sereno, con la luz de la luna brillando sobre su superficie, y sintió ganas de tumbarse en la playa y de andar por las rocas escuchando el ruido de las olas rompiendo contra ellas. Así que dio media vuelta y fue a coger el coche. Necesitaba ver el mar, salir de la ciudad, alejar de sí aquella sensación que lo quemaba por dentro.
Encendió el motor y se dirigió hacia una playa que conocía desde pequeño, y en la que no había estado desde hacía mucho tiempo. La noche ya estaba avanzada y ningún coche recorría la carretera solitaria. Era como viajar a través de un desierto. Dentro del coche perdió la noción del tiempo, y cuando se dio cuenta ya estaba llegando a aquel lugar.
Salió del automóvil, mientras la luna seguía brillando en el cielo, rodeada de nubes y estrellas. Bajó a la playa y se descalzó. Sintió la arena fría en sus pies como un bálsamo que suavizó el calor que sentía en su pecho. Y paseó por la playa. Se acercó a la orilla del mar, dejando que el agua mojase sus pies, aspirando su aroma salado, sintiéndose bien. Dirigió sus pasos hacia las rocas que se recortaban contra la oscuridad en el fondo de la playa. Levantó los ojos para ver la luna que seguía allí arriba, imperturbable, radiante.
Subió por las piedras, con sus pasos iluminados por ella. Y en el mismo instante en que se asomaba por encima de una de aquellas rocas, la luna desapareció tras una nube y vio una figura sentada al borde del mar. Y el permaneció allí, mirando pensativo hacia aquella figura, incapaz de moverse. Así estuvo un buen rato, hasta que la figura giró la cabeza hacia él. Y en el momento en que comenzó a andar hacia ella, las nubes se apartaron, y pudo ver que la luna ya no estaba en el cielo.
Y una sensación extraña recorrió su cuerpo...”.
El viejo hizo un alto en su historia. Levantó los ojos, observó la luna, y respiró profundamente.
Luego, continuó...
“Pero a pesar de eso, él siguió acercándose a la figura y pudo comprobar que lo que le pasó por la mente cuando la había visto era cierto: pertenecía a una mujer.
Al llegar a su altura, la saludó con un movimiento de cabeza. Ella le miró y él pudo ver en sus ojos que le daba la bienvenida.
Aquellos ojos brillaban con una luz especial. Su color era... gris, y verde, y marrón. Cambiaban su tonalidad de manera que él no era consciente de ese cambio, pero al mismo tiempo hacía que no pudiese apartar sus ojos de los de ella.
Fue ella la que apartó los suyos. Y cuando lo hizo, él pudo observarla con claridad.
Su cara era blanca, muy blanca, casi como el rostro de la muerte, y era redonda, con una nariz pequeña y unos labios rojos, como si la sangre los tiñese eternamente. Además su pelo corto hacía que nada pudiese ocultar la belleza mortal de aquel rostro que le atraía extrañas sensaciones. Le venían a la mente cosas terribles, mas la dulzura que desprendía aquella cara ocultaba tales pensamientos. ¡Ay!, aquel sería el rostro que recordaría para siempre. Muchos años después sería capaz de dibujarlo con los ojos cerrados.
Aquella mujer permanecía allí sentada en la roca, con su vestido gris revoloteando bajo la brisa marina, mientras gotas de agua salada salpicaban su cuerpo.
El se sentó a su lado, sin decir nada.
De hecho, fue ella la primera en hablar.
-Que hermoso es el mar. Nunca antes había estado tan cerca - dijo.
La voz dulce de la mujer penetró en sus oídos con suavidad, como acariciándolos.
Y él giró la cabeza para mirarla.
-¿Es la primera vez que lo ves? - preguntó sin saber por qué.
-No, no. Lo veo todos los días. Pero nunca había sentido el agua sobre mi. Es una sensación tan bonita... Me gustaría pasar toda la vida en el mar - respondió ella.
-Sí, es precioso. Y es enorme. Como el cielo. A veces cuando los miro, me doy cuenta de lo pequeños que somos. Nada más que un diminuto punto en el infinito - dijo él.
-Tienes razón. Si pudiésemos saber qué hacemos aquí...
Y así siguieron hablando durante algún tiempo. Hablaron de esas y de otras cosas. Del amor, de la belleza, del destino, de la vida.
Pero de repente, a él le pasó una idea por la cabeza, y dijo sin pararse a pensar:
-¿Por qué no te bañas? No hace demasiado frío, y bañarse en la playa bajo la luna es una de las cosas más hermosas que puedes hacer. Te lo digo por experiencia.
Casi en seguida se arrepintió de sus palabras, y estaba a punto de disculparse cuando habló la mujer.
-Puede que tengas razón. Pero sólo lo haré si tu también lo haces. Me sentiría ridícula si te quedases ahí mirando para mí.
¿Cómo podía negarse? Aquella voz y aquellos ojos serían capaces de hacerle ir al infierno y volver con su fuego sólo por encender una hoguera. Asintió, y los dos juntos caminaron hasta la playa. Se acercaron a la orilla del mar que seguía tranquilo, y se desnudaron.
El la miró y supo que era especial, que no había otra como ella en todo el universo. Era tan dulce, tan delicada, tan natural. Parecía como si en su corazón no hubiese lugar para la oscuridad. Hacía todo con tanta sinceridad que lo asombraba.
El fue el primero en entrar en el agua que estaba fría. Pero en aquel momento no le importó lo más mínimo. Miró hacia ella y le hizo una seña con la mano.
-Ven, entra. Ya verás que maravilla - le gritó.
Y ella entró despacio, con su rostro reflejando su disfrute con cada paso que daba, con cada centímetro de su piel que sentía las caricias del agua.
Y así estuvieron en el agua, jugando, disfrutando el uno del otro durante un largo espacio de tiempo que a él le pareció demasiado corto. Pero al fin dijo:
-Deberíamos salir. Puede cogernos el frío.
Ella asintió.
-De acuerdo. Creo que esto es algo que no olvidaré nunca.
Salieron del agua, y el comentó que tenía una manta en el coche y que no deberían ponerse la ropa mojados como estaban. Así que fue corriendo a buscarla, mientras ella esperaba sentada en la arena mirando fijamente el mar.
El volvió rápidamente y le puso la manta por encima.
-Gracias. Pero siéntate aquí, a mi lado - dijo ella con voz dulce.
Y puso la mano en la arena.
El se sentó, y ella le pasó la manta por los hombros y se acurrucó junto a él. Y así, envueltos en la manta se tumbaron en la arena. El la miró y se sumergió en sus ojos, en aquellos ojos profundos y embriagadores que lo hechizaban. La besó en los labios y ella lo abrazó. Sus cuerpos rodaron sobre la arena fría de la playa, y sin importarles nada ni nadie hicieron el amor. Fundieron sus cuerpos en uno, y viajaron a través de un mundo compartido en el que eran una sola alma. Después, aún envueltos en la manta, ella apoyó la cabeza sobre su pecho. El cerró los ojos y habló, con voz suave y tierna, y sus palabras salían directamente de su corazón.
-Creo que me estoy enamorando. Pensé que ya lo estaba de alguien pero ahora no estoy seguro. Lo que siento por ti es... tan especial. Sí, ya sé que suena tópico, pero es cierto. En tus ojos veo el mundo. No éste, sino aquel en el que me gustaría vivir. Porque veo belleza y sinceridad, y dulzura. Tú eres el amor eterno, la estrella más brillante del cielo. Y ahora que estoy junto a ti, sé que la felicidad existe. Existe y eres tú.
La mujer le acarició la cara.
-Gracias. Sé que es difícil decir eso. Pero recuerda una cosa. Siempre, pase lo que pase, tendrás recuerdos. Y eso sí es importante. Recuerda. Y ahora cierra los ojos y duerme un poco, porque yo siempre estaré aquí.
Y él cayó en un profundo sueño. Y por primera vez en mucho tiempo, descansó.
Fueron el ruido del mar y el sonido de las gaviotas los que le hicieron despertar a la mañana siguiente. Abrió los ojos y vio el sol en un cielo limpio de nubes, y buscó a la mujer. Pero no estaba por ninguna parte. No sabía ni como se llamaba, ni donde vivía. ¿Cómo volvería a verla? En ese mismo instante recordó algo que había dicho ella, que estaría siempre allí. Decidió marcharse y volver por la noche para encontrarla de nuevo, o eso esperaba.
Así que cogió el coche y volvió a la ciudad.
Pasó el día haciendo lo mismo de siempre, pero algo había cambiado dentro de él. Hablaba con la gente, sonreía. A más de uno le extrañó aquel comportamiento pero a él no le importaba. Era feliz.
Cuando por fin llegó la noche, la luna brillaba de nuevo en el cielo, y él salió de casa, dispuesto a encontrarse con aquella mujer. Condujo rápido, deseoso de llegar cuanto antes a la playa. Y cuando por fin llegó, su corazón latía con fuerza. Rezaba para que ella estuviese allí. Pensaba que no sería capaz de soportar no volver a verla.
Se dirigió al lugar donde se habían encontrado la noche anterior. La luna lo seguía. Y cuando por fin llegó a aquel lugar, nada. No había nadie, y la luna seguía brillando en el cielo. Se sentó allí a esperar. Una hora, dos horas, sus esperanzas iban desvaneciéndose poco a poco.
Levantó los ojos hacia la luna, la que había sido su amada y lloró. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, mientras pensaba en aquella mujer que en un instante había sido capaz de conquistar su corazón y llevarse su alma.
La luna se reflejaba en el mar y cuando bajó la vista, con las lágrimas todavía recorriendo su cara, vio a través de ellas aquel reflejo. Pero lo que vio en realidad no fue la luna, sino el rostro de aquella mujer, que le decía adiós y hola al mismo tiempo.
Y aquellos ojos que lo envolvían todo.
Y comprendió. Comprendió que su sueño más preciado, su ansia más querida, se había hecho realidad. Su amada había estado junto a él por una noche. El había compartido la noche con la luna. Y eso fue algo que no olvidó nunca.
Porque supo que había conocido el amor.
Un amor profundo y sincero. El verdadero amor que lo da todo y no pide nada a cambio. Y ese amor fugaz le hizo conocer la felicidad. Y ya nunca volvió a sentir la pesadumbre de la tristeza o del dolor, ni nunca más estuvo solo. Porque aunque la felicidad sólo dura un instante, su recuerdo dura toda la vida, y el amor perdura más allá de la vida y de la muerte”.
Nuala y Oonagh estaban sentadas en el regazo del viejo, con lágrimas cayendo por sus pequeñas mejillas rosadas.
-Nunca habíamos escuchado una historia tan triste y tan bonita. Me gustaría conocer a aquel hombre, Nuala.
Pero Nuala no era capaz de hablar. Miraba al viejo a los ojos y en su corazón sentía toda la pena y toda la felicidad de aquel hombre. Y no era fácil de aguantar. Cuando por fin pudo articular las palabras dijo:
-Eras tú, ¿verdad?
-Lees muy bien en los ojos de la gente, mi pequeña Nuala. Sí, era yo.
Oonagh se aferró al cuello del viejo, mientras Nuala flotaba hasta ponerse a la altura de sus labios, para darle un pequeño beso, pero que llevaba consigo más amor del que la mayoría de los hombres llega a conocer. Y con la luna ya alta en el horizonte, Nuala y Oonagh invitaron al viejo a ir con ellas a un lugar donde sus recuerdos vivirían para siempre.
Y Naoise, el viejo sin nombre, se fue con ellas. Y el recuerdo del hombre que amó a la luna permanecerá mientras haya hadas para contar su historia.
Y mientras haya hombres con el corazón abierto, las hadas seguirán estando entre nosotros, y seguramente cada hombre encontrará a su propia luna.
Slán agat, mo chairdre
Saikio Shore...
...El Último Caballero Samurai...
Copyright 1.997
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